En Guerrero Negro hay una de las salinas más importantes de México y del mundo. Sus dimensiones son impresionantes. Nos dejan visitar las instalaciones y aprovechamos para grabar multitud de aves. Por fin vemos al elegante pelícano blanco. La salina es un paisaje extraño para el que la mira por primera vez. La sal, destructora y corrosiva, crea un ecosistema muy particular que no existiría si no fuera por el agua. Lo curioso es que, según avanzamos con el coche, el color predominante es el rosa. La causa es la artemia salina, un pequeño crustáceo que vive en aguas muy salobres y confiere un aire de espejismo al entorno.
Tras un par de horas, llegamos al final de la salina. Continuamos por un camino de tierra, de terracería como dicen en la zona. Nos dirigimos a un centro de recuperación del berrendo. De nuevo, a lo lejos, vemos los reflejos de la sal. Un gran desierto de costrones. La diferencia es que aquí, el paisaje es siempre blanco, no se tiñe de rosa. Y es que no hay agua, sólo sal. Toneladas y toneladas de sal cristalizada en caprichosas formas. Es mediodía y es imposible huir del sol, se refleja por todas partes. Grabamos un paisaje contradictorio. Desolador por un lado, porque no hay agua, no hay vida; pero al mismo tiempo extrañamente bello, magnético. Tan blanco, tan inmaculado, tan yermo.